Pátzcuaro y Mixquic, una tradición milenaria

diademuertos1

Por: Mario Daniel Sánchez Robledo

Cuando era pequeño, una de las fechas que más me emocionaban era el 1 y 2 de noviembre. En aquel entonces, recuerdo que mi mayor emoción era tomar mi calaverita y salir a la calle con mis amigos, para después regresar por la noche y apreciar la ofrenda que mi madre colocaba año con año.

Mientras la observaba, ella me contaba todas las historias y leyendas que rodeaban esta mágica fecha. Pero todo tomó más significado cuando mis padres nos llevaron, a mi hermana y a mí, a Pátzcuaro y a Mixquic, y aunque fueron fechas diferentes, en mi memoria quedaron grabados esos instantes como si se tratara de un solo viaje a otro mundo.


diademuertos1

Primer parada… Pátzcuaro y su lago de inframundo

Era de noche en un poblado de fantasía. Pequeñas casas con techo de teja, calles empedradas adornadas con faroles, olor a copal y un frío de inframundo.

Caminar por esas calles era algo especial, paso a paso se sentía algo distinto, esto era algo más que una ofrenda y una calaverita, en esos momentos me percate de que el Día de Muertos se podía sentir en cada suspiro.

Todo lo dicho se quedó corto cuando llegamos a las orillas del Lago de Pátzcuaro, ver ese paisaje fue algo impresionante. Aquel imponente y oscuro lago tenía en el centro una isla mágica. A lo lejos, Janitzio era un lugar lleno de luces, pero de cerca, el simbolismo tomó otro significado…

En cada una de las tumbas de aquel pequeño cementerio, decenas de mujeres y hombres de la localidad hacían una honrosa guardia llena de flores y ricos aromas. Los habitantes mantenían un estado neutral, como si sus ojos pudieran ver llegar a sus difuntos…

 

Segunda parada… Mixquic, las luces del silencio

Los habitantes de San Andrés Mixquic tenían esa misma “magia” en su mirada, al observa hacía el vacío, parecía como si tuvieran el “poder especial” de ver a los muertos. Aunque creo que por momentos todos teníamos esa capacidad, pues los olores y colores de aquel panteón eran alucinantes.

El color anaranjado llenaba todo el lugar, por momentos estaba seguro de que me encontraba en el verdadero inframundo, ya que el calor de las velas hacía que nos olvidáramos del gélido clima, el cual no impedía que la gente se reuniera para apreciar esas impresionantes ofrendas, las cuales estaban llenas de los platillos favoritos del difunto, haciéndole pasar una placentera estancia en este mundo. 

Al finalizar nuestra visita, no quería irme de aquel lugar, ya que si la muerte fuera así de colorida y festiva, entonces todos quisiéramos perecer para vivir en una interminable fiesta de amor con nuestros seres queridos.

Después de visitar esto dos lugares, sólo puedo afirmar que AMO el Día de Muertos.

 

diademuertos2 

1 Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *